Derecho a la comunicación
Es simple. Uno ejerce el soberano derecho a pensar gracias a la simple pero reconfortante verdad que es que nadie puede entrar dentro de nuestra (dura) cabeza y ver (las porquerías) que tenemos dentro. Esto estaría perfectamente, si el hecho de pensar, en nuestra especie, bastara con razonar para nuestros adentros. Sin embaargo, estamos hechos para curiosear sobre lo que piensan los demás, enterarnos, indagar, chismear y opinar. Durante mucho tiempo, el acto de comunicar en masa fué desequilibradamente en un sólo sentido, en el cual quien comunicaba casi no recibía una retroalimentación de las opiniones de los demás, esto tuvo como consecuencia que sólo pocas opiniones se oían y por ende, eran tomadas en cuenta. Aquél que tenía la palabra tenía (y tiene) poder sobre los demás. Gracias al nacimiento del internet como una puerta de comunicación masiva, accesible para una población mayor, la balanza se ha empezado a equilibrar permitiendo a cualquier hijo de vecina (como yo) cerrar el cír...