El libro ha muerto. ¡Larga vida al libro!

Hoy acabé tirando un montonal de papel. Decenas de Mecánica Popular, Selecciones de Reader's Digest, enciclopedias técnicas de tomos coleccionables, hasta algunas Dudas y Agachados. Décadas de conocimiento y entretenimiento que, pese a dejarme un poco vacío el corazón, ya no tenían utilidad práctica.
Recuerdo el primer instante en que la tecnología empezó a bailar sobre la tumba de las enciclopedias. Al menos en mi casa, eso fué por el año 2000, fecha en que mis tíos compraron una nueva computadora que incluía de regalo una copia del legendario Encarta 2000. Toda una enciclopedia (lo que mi abuelo guardaba en doce tomos de a medio kilo cada uno) dentro de un disquito de 10cm de diámetro.
De niña yo hice la tarea con libros. Mi abuelo fue un hombre muy curioso y eso en su época significaba comprar mucho, mucho papel. Desde revistas de TVguía, pasando por historietas educativas (y no educativas) a libros de autoayuda, de opinión, psicología, cursos por correspondencia, enciclopedias, literatura clásica, ciencia ficción, uff...y todo eso, empolvado y viejo, pero conservado, estuvo a mi disposición (millonaria de palabras, afortunada como pocos). Podía ir a la biblioteca pública, y claro, eso lo hacía entre semana. Pero los fines, de visita con los abuelos, esos eran para leer lo que había en casa.
Recuerdo la solemnidad con que mi abuela hablaba de los libros. Todo papel impreso tenía un aura de respeto para ella, al contrario mi abuelo, conocedor de las cosas que tenía (y cansado de perseguir deudores, supongo) decidió un día que si alguien le pedía un libro, mejor se lo regalaba, o no lo daba, y de algunos libros tenía dos o más copias. Creo que alguna vez compró Hamlet para leerlo teatralmente con mis tíos (porque tenía al menos tres copias idénticas, que en alguna parte han de estar). Me platicaba mi abuela cuando mi abuelo compraba un libro para leérselo en voz alta (alguna vez lo hice para ella, no mucho).
En fin, lo que quisieras saber, lo podías encontrar en los libros del abuelo. Había muchos de ciencia que aún no comprendía, secciones de transistores y mecánica que nunca entendí, e incluso alguna vez me platicó de los libros del estante más alto, que debía leer sólo cuando fuera más grande (había tomos de salud sexual de la mujer, impresos en los setentas y ochentas). Aunque muchas de las cosas que había en esos estantes ya no tienen utilidad, me hacen pensar en la forma que esos escritos hablan de la persona que fue mi abuelo. Ahora puedes aprender mucho de una persona revisando su perfil de facebook (aún sin acceso a los metadatos de su navegación). Pero antes de eso, los libros que tenías podían formar un rostro personal sobre lo que eras, lo que sabías y lo que te gustaba. A casi ocho años de su partida, he seguido sorprendiéndome con sus libros. Parte de él sigue hablándome cuando veo sus páginas amarillentas sobre dibujo de  historieta y anatomía humana. Sus manoseados manuales de seguridad industrial, incluso las notas que dejaba en cuadernos, escritas cuidadosamente en mayúsculas y a lápiz de 2H, los lápices bien afilados con sacapuntas mecánico hasta medir un par de centímetros por el uso.
A veces aún puedo percibir su aroma a vaselina y a polvo entre sus libros, y no me cabe duda de que el sigue ahí, que en este mundo sigue vivo su legado.
Sin embargo, poco a poco su colección va a fin.
Abro una página del Mecánica Popular y me encuentro un reportaje sobre una competencia de autos. Es el auge de los muscle car. Tomo una historieta que habla de los cacicazgos eternos del PRI, y de los beneficios del vegetarianismo y la medicina alternativa, y los lamas que levitan y viven trescientos años.
Cuando pequeña, yo creía que los libros decían siempre la verdad. Eran los libros de la SEP, los cuentos de Perrault y de Andersen, después las novelas de Verne. Unas cuantas historietas políticas. Si, a veces los libros llevaban ficción, pero era una ficción planeada, escrita por gente muy sabia, y con buenas intenciones.
Pero en algún momento, no recuerdo cuando, me di cuenta de que eso no era verdad. Puede que las editoriales cuidaran lo que se imprimiera (al fin, necesitaban calidad para seguir vendiendo), pero eso no significaba que fuera cierto. Las Selecciones tenían belleza pero ignoraban muchas cosas.
Creo que ahí estuvo el parteaguas de Internet.
El que cualquiera pudiera escribir, sin un editor en jefe, ni un revisor, ni censores, tuvo su lado bueno pero por otro lado posibilitó que los autores dejaran de ser esa masa de "hombres sabios y buenos" que en un momento pareció ser. Puede que también influyera el que, de alguna manera leer un poco de la ecléctica colección de mi abuelo me hiciera al menos un poco crítica.
Después de encarta vino el internet. Y después de eso, vino Wikipedia. Los libros empezaron a ser "descargables". No necesitabas una silla y una lámpara, sino una pantalla y Adobe Reader para leer. Se anunció la muerte del libro con bombo y platillo.
Pero no, los viejo no se olvidó. Mi abuelo compró un CD con 500 libros, que traía a Platón, y a Aristóteles. Pude descargar para él música de jazzistas olvidada por la radio hacía décadas (con excepción de un par de estaciones). Pudimos ver juntos a Shirley Temple en Youtube, y al Hombre del brazo de oro. Mi abuelo, que amó las historietas de los domingos y compraba igual a Kalimán que al Hombre Araña, que a Calzontzin, pudo ver conmigo la calidad del trazo a tinta y pincel que se distinguía en algunos mangas de Bleach (aunque no fuera lo mismo que el papel, y no estuvieran coloreados).
Mi abuelo siempre tenía consejos para todo. No en balde vivió 89 años, y crió a sus hijos como hombres y mujeres de bien. Pero también sé, ahora, que mucho de su proceder vino de los libros. Lo que enseñó, lo que dijo e hizo. La forma en que veía dentro de los que quería.
Sé que hay muchas cosas que mueren y quedan en el pasado, como las revistas antiguas que al final sirven sólo para el kilo de papel. Otras perduran aunque cada vez son más ajenas y finalmente se aíslan del presente, como la vieja radio de bulbos y el tocadiscos que esperan pacientemente su hora final. Algunas cosas siguen esperando volver a ser útiles como los libros en el librero, o la vieja enciclopedia, la última que mi abuelo compró y ni el leyó. Sé que muchas cosas que el aprendió dejaron de ser válidas, otras nunca lo fueron.
Sé que cuando mis hijos necesiten un libro (y trataré que lo tengan a disposición y aprendan el tesoro que tienen en papel) tendrán además a disposición una cantidad enorme de información digital, Más de la que yo tuve acceso de niña, y de hecho tanta que deberé tener cuidado de que no llegue a ellos información falsa o dañina. Pero también tengo la certeza que la herencia de mi abuelo, y de millones de otras personas, ha sido ya depositada en la web. Tengo la esperanza, y la certeza, de que el mundo de ahora, (y para futuro) tiene un acervo de información cada vez más grande, avanzando cada vez más y poniendo el conocimiento al alcance de todos. Pero la forma de moldear los pensamientos, el deseo de aprender, la curiosidad nata y la capacidad crítica para manejar toda esa información, ése, será el legado de mi abuelo que tendré que dejarles a ellos también.
El libro está muerto, pero se ha alzado de nuevo, más grande, más fuerte, en forma de ceros y unos que forman capas y capas de lenguaje hasta tocar nuestra comprensión. El libro está más vivo que nunca, pero necesita que sea moldeado, no a como era antes, sino a como será mañana.

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