Recuerdo y lección

Su nombre completo era La Negra Tomasa, pero para todos era Tommy.
Llegó adulta a la colonia, una perrita negra, parecía una cruza negra de basset hound. Creo que había sido una perrita consentida, pues cuando veía abrirse la puerta de un coche (no importa cuál, incluso taxis) se subía de un salto con cara de "¿A donde vamos a ir?".
Un día mi hermano sacó a pasear a nuestra única perra de entonces, una cruza de labrador llamada Daisy, que aún no cumplía el año, y Tommy los siguió. Empezó a dormir a la puerta de nuestra casa, y cuando descubrió el jardín trasero, dormía bajo nuestra ventana.
Pronto nos dimos cuenta de porqué la abandonaron: estaba embarazada. Un vecino le empezó a regalar croquetas, y nosotros le poníamos un traste de agua en el patio. Tras muchas súplicas, acordamos que la dejaríamos dormir en un cobertizo "hasta que tuviera a sus hijitos".
Daisy y Tommy se hicieron grandes amigas. Corrían juntas y jugaban, mientras su panza crecía hasta rozar el suelo. Tommy le enseñó a saltar cercas a Daisy. Era tan buena en eso que el día anterior al nacimiento de sus cachorros salto una puerta de más de un metro de altura.
Como  madre primeriza, la pasó dura con sus nueve cachorros. Dos fallecieron los primeros días, pero todos los demás crecieron fuertes y sanos, un par nació con polidactilia (dedos de más en alguna pata), pero eran adorables. Tommy desde el primer día buscó ayuda en nosotros y nos dejó estar con los cachorros e incluso dejó a Daisy cuidarlos. Aunque Daisy era una perra joven y atrabancada trataba a los cachorros como si fueran de cristal.
Todos los dimos en adopción alrededor de los 3 meses. Varios de ellos los seguimos viendo años después, una salió con bigotitos como de Schnauzer y otro era la copia de su madre pero en color beige.
Ya nacidos los cachorros, otra vecina se ofreció a llevarla a esterilizar. Hasta le compró croquetas especiales, y nosotros accedimos a que viviera en la casa "hasta que se recuperara".
Se resuperó. Y días después se la llevó la perrera.
Rogué que, como regalo de cumpleaños, la salvaran. Desde entonces formó parte oficial de la familia.
Han pasado muchos años de eso, Daisy y Tommy se volvieron inseparables, llegaron a viejas.
Hace un par de meses ellas murieron.
Cuando empecé a escribir esto, Tommy acababa de morir. El día de hoy, He perdido a mis dos ancianas perritas, a mi querido gato, y a mi amada abuela.
Hay una parte de mi que siento terriblemente rota, pese a que me repongo de sus ausencias no sin dificultad, el dolor que se vuelve personal tan fácilmente me ha penetrado a la médula.
Tal vez sea la dificultad que tengo para crear lazos tan fuertes como los que tuve con ellos que ahora que los he perdido me siento tan desbalanceada, tan fuera de mí. Tengo temor de seguir perdiendo lo que más amo, a lo cual quisiera aferrarme y no puedo.
Lo más hermoso y terrible de cuando mi abuelo falleció, fue descubrir que, aún sin él, el mundo seguía girando, el sol salía, la gente reía.
Mi vida se volvió insípida cuando el se fue. Romper el aislamiento de mi corazón costó trabajo. Pero tuve suerte. Encontré canciones para llorar y para rabiar, amigos en los cuales apoyarme, y, después, mi más grande amor.
Ésta es mi conclusión: a veces perdemos cosas pero no podemos dejar de avanzar.
En el 2015 dejé de escribir esta entrada abrumada por las penas que iba contando en este escrito. Mis más grandes dolores fluyendo en unos pocos párrafos. Aún ahora, esos miedos siguen ahí, y el dolor y la añoranza se asoman de entre los rincones de mi corazón esperando por una oportunidad para saltar sobre mi frágil felicidad.
Sin embargo, el mundo pasa, avanzamos arrastrados por la corriente del Tiempo, a menos que decidamos tomar el rumbo por nosotros mismos, somos, tal vez, los más afortunados porque al estar vivos, al nacer, crecer y derrumbarnos incluso somos siempre mutables y moldeables. Porque eso es lo que nos da esperanza de ser algo mejor, y de dejar tras de nosotros, algo mejor.
Hoy me reconcilio con mi dolor pasado y agradezco las lecciones duras junto con las alegres, porque todas me han convertido en lo que soy, ni más ni menos. Incluso la sal y la amargura resaltan el dulzor que puedo paladear, porque estoy viva.

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